Nuestra presencia es el mejor juguete

Brunella Villar

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Cuando pensamos en el desarrollo de los niños en la primera infancia, se nos vienen un sinfín de posibilidades y contextos. Hoy en día, la información constante y los miedos pueden hacernos creer que, a pesar de intentarlo todo, siempre hay más por seguir haciendo. Hoy voy a hablar sobre uno de los espacios más poderosos y que evidentemente ocurre en casa, esos momentos cotidianos donde la familia y el niño simplemente juegan juntos. El juego compartido es una de las experiencias más ricas que podemos ofrecerles en estos primeros años de vida.

Jugar juntos construye mucho más de lo que parece a simple vista. A través del juego, los niños y niñas desarrollan su lenguaje, porque conversan, negocian, preguntan y escuchan. También aprenden a esperar su turno, a tolerar la frustración, a celebrar sin desmedirse. Construyen habilidades sociales porque ensayan roles, resuelven conflictos que surgen de pronto y aprenden a leer las emociones del otro. Desarrollan su creatividad, concentración y confianza. Y todo esto sucede de manera natural, sin que el niño lo note, porque está disfrutando. Pero hay algo que hace que este juego sea especialmente significativo, el adulto que lo acompaña. La familia es el primer referente del niño, el espejo donde mira cómo relacionarse con el mundo. Cuando un adulto se sienta a jugar con su hijo, no solo le está dedicando tiempo, le está enseñando cómo vincularse, cómo compartir, disfrutar y cómo estar presente.

Hablar de juego en familia no implica necesariamente correr, jugar a los muñecos o sumergirse en una actuación elaborada. El juego es, ante todo, un disfrute compartido, y eso puede tomar muchas formas. Un juego de mesa en el comedor, una tarde construyendo con lo que hay en casa, jugar a la tienda con frutas reales de la cocina, salir al parque sin un objetivo fijo, inventar una historia juntos antes de dormir, o simplemente explorar qué pasa si se sientan a dibujar con música. No siempre tienen que ser los juguetes del niño ni actividades pensadas para ellos; a veces los mejores momentos nacen de una idea espontánea compartida, niño y adulto.

Mi invitación para las familias es sencilla, ¡conéctense con su niño interior! Recuerden qué les daba risa, qué los hacía perder la noción del tiempo, qué los hacía sentir libres cuando eran pequeños. Ese es el espíritu que sus hijos necesitan encontrar en ustedes. No hace falta planificar ni invertir en materiales especiales. Hace falta presencia, disposición y ganas de disfrutar juntos. Esos momentos, aunque parezcan pequeños, dejan una huella profunda en cómo sus hijos aprenden a estar en el mundo, con los demás y consigo mismos.

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